Viviendo una Mentira

A los 27 años creía que lo tenía todo a mi favor. Ganaba suficiente  dinero como mesero y perseguía una carrera como actor de Hollywood.

Tenía un agente de actuación, manejaba un convertible rojo, y me iba de parranda con una mujer diferente todas las noches.

No tenía ni la menor idea de lo que paso con ese niño que iba a la escuela Católica en Pensilvania y que soñaba en correr en los Juegos Olímpicos.  Mi decaída vino en el último año de la preparatoria cuando empecé  a tener relaciones sexuales. El enfoque que yo tenía para entrenar en los deportes y romper records en la escuela cambió inmediatamente. El sexo y la pornografía consumían mi tiempo y energía.

Cuando entré a la universidad todo empeoró. Los deportes me mantuvieron disciplinado por un tiempo hasta que una lesión en la rodilla cambió todo durante mi segundo año de prepa. Mi sueño de correr en las Olimpiadas se acabo y también mi auto-control.  Apenas me gradué, las drogas y la depravación me daban lo que yo anhelaba.  Por las mañanas yo era mesero (desde Florida hasta Nueva Orleans hasta Hollywood) y por las noches no dejaba nada a la curiosidad. El miedo a contraer una enfermedad no me detenía.

HARTO Y CANSADO

“Sam, ¿estás harto y cansado de hacerte daño?”  Chris, mi amigo de actuación me pregunto después de una noche.

¿Qué clase de pregunta es esa? Pero yo sabía que con mi estilo de vida me estaba haciendo daño y no lo podía negar. Chris me introdujo  con su mentor  que con “amor severo” me dijo en términos no inciertos lo que tenía que hacer. Yo sabía que tenía que salirme de la vida que estaba destruyéndome, y entonces hice lo que él me dijo. Lo llame a diario y oré con él;  ayuné  de comida por una semana y atendí  grupos de apoyo semanalmente.

Si  el esfuerzo arduo fuera la respuesta, estaría curado en cuestión de un par de meses. Pero no era tan sencillo;  yo era un adicto sexual. Entre más intentaba negarme a mí mismo, mayor eran esos deseos y tentaciones. Había una sola cosa por hacer—casarme.

Pero la adicción no desaparece sólo con dar el voto matrimonial “si acepto.”  No engañaba a mi esposa con otra mujer pero mi adicción a la pornografía y mi comportamiento errático estaban afectando la intimidad en mi matrimonio. Yo sabía la causa, pero mi esposa no lo sabía. Por un año escondí mi secreto de ella hasta que un día mi mentor se apareció en mi puerta.

NO PODIA HACERLO SOLO

Cuando mi esposa se enteró mi mundo se tornó al revés. No importa cuánto lo intentara, no podía aliviar el dolor, evitar las peleas, o aliviar el estrés que hizo los deseos más fuertes.

“Dios, ayúdame”  ¡Haré lo que sea! Empecé a orar como nunca antes lo había hecho; lo que no sabía era que Dios ya me estaba persiguiendo. Ante la insistencia de un amigo por fin fui a la iglesia. El Pastor habló de palabras que eran vagamente familiares. Por primera vez escuchaba del Dios Santo que me amaba y que quería tener una relación conmigo.

Con lágrimas en los ojos, yo sabía que era un pecador desde el principio y que el castigo por el pecado era la muerte. Por eso era que yo no podía salir victorioso por mis propias fuerzas.

Pero Dios mando a su hijo, Jesucristo, a la tierra para que se convirtiera en hombre y viviera una vida sin pecado, y al último dar su vida en la cruz. ¿Por qué? Para pagar con su vida propia por mis pecados. “Dios demostró su propio amor  por nosotros que aunque fuéramos pecadores Cristo murió por nosotros” Y por eso El se levantó de los muertos; el conquisto el pecado  y la muerte – por mi y por ti!

Ese día a los 33 años. Yo dije “Si, Jesús, yo quiero que tú seas Señor de mi vida.”

Mi vida no ha sido la misma. Aunque los efectos de la transformación de mi vida, gracias a Dios, fueron gradualmente visibles a mi esposa y otros,  nunca volví a pelear solo o tratar de hacer las cosas por mi propia cuenta. Jesús me levanto y me restauro cuando estaba derrotado.

El empezó a sanar a mi esposa y nuestro matrimonio. El nos bendijo con una hermosa hija que derritió mi corazón desde el momento que nació. Nunca más pude ver a las mujeres como objetos porque entendí que ellas eran las pequeñas hijas de otros hombres.

Hasta ese momento yo pensaba  que me iba a llevar mi adicción hasta la tumba. Pero en 1995, por la gracia de Dios, el Señor me concedió victoria total. Y eso fue sólo el comienzo de mi aventura caminando con Jesús.

Yo dejé de creer en coincidencias hace mucho tiempo. ¿Porque estás leyendo mí historia? ¿Es posible que Dios esté persiguiéndote a ti también? Esta es mi pregunta para ti.  ¿Estás harto y cansado de lastimarte? Si tu respuesta es sí, ríndete a Dios orando algo así:

Amado Dios, yo sé que tú puedes ver el pecado en mi corazón. Necesito tu perdón. Yo creo que Jesús – tu Hijo – murió en la cruz por mí y se levanto de la muerte, conquistando pecado y muerte. ¡Necesito tu ayuda! Yo te entrego mi vida  ahora mismo. Por favor toma control de mi vida. Gracias por tu regalo de perdón y por salvarme. Amén.

Si acabas de orar esto y crees en el significado de esta oración, haz hecho la mejor decisión de tu vida. Dios mantendrá su promesa, “Yo nunca te dejare ni te abandonare”

¡Felicidades!

Version en Ingles

Sam Keckler es un pastor que viaja y comparte un mensaje de victoria y esperanza con las iglesias y los grupos de hombres. Ha estado casado con su esposa, María, por 23 años y es el orgulloso padre de una asombrosa mujer joven, ahora una estudiante de primer año en la universidad. El vive en San Diego, California.